¿Alguna vez te sentiste decepcionado o traicionado por alguien en quien confiabas?
Si te ha pasado, es normal sentirse dolido y triste. E inclusive a veces llegamos a un punto donde pensamos que nunca más daremos nuestra confianza así a alguien. Y claro, nos quedamos finalmente con un corazón herido. La pregunta es, ¿habrá alguien que jamás nos falle o traicione? A veces nos preguntamos esto, una y otra vez.
Si estudiamos la vida de David, vemos que él fue envidiado, perseguido y traicionado. Su propia esposa, Mical, llegó a “despreciarlo en su corazón” (2 Samuel 6:16). Hasta su propio hijo, Absalón, lo traicionó. Pero, ¿cómo reaccionó David al ver tanta traición a su alrededor? ¿Habrá llegado a pensar que ya no tenía nadie en quién confiar?
David siempre creyó en Dios, en su Palabra y en sus promesas. Él sabía que si los demás le fallaban, nuestro Padre jamás lo haría. David sabía que en los momentos más difíciles de su vida, Dios siempre estuvo a su lado, protegiéndolo y guiándolo.
Dios es siempre fiel a sus principios y jamás deja de cumplir sus promesas. Él valora nuestra lealtad y aprecia cuando le obedecemos fielmente. Por eso, imitemos su ejemplo siendo leales a quienes nos rodean.
“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.” (Efesios 5:1)
Si así lo hacemos podemos estar completamente seguros de que veremos realizadas todas y cada una de las promesas que nos ha hecho. Puede que otros nos fallen, pero Él nunca te va a fallar. Él nos ayudará a superar cualquier dificultad. Dios siempre estará con cada uno de nosotros.