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Aceptando y animando a los demás

De nuevo salió Jesús a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví hijo de Alfeo, donde éste cobraba impuestos. “Sígueme”, le dijo Jesús. Y Leví se levantó y lo siguió. Sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Leví, muchos recaudadores de impuestos y pecadores se sentaron con él y sus discípulos, pues ya eran muchos los que lo seguían. Cuando los maestros de la ley, que eran fariseos, vieron con quién comía, les preguntaron a sus discípulos: “¿Y éste come con recaudadores de impuestos y con pecadores?”  Al oírlos, Jesús les contestó: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores.” (Marcos 2:15-17)

Los Fariseos creían que  cuidaban su santidad al juntarse solo con personas que la sociedad aceptaba, y discriminando al resto. Entonces aparece Jesús, y se acerca a pecadores y personas de todo tipo. Toda una amenaza para el sistema religioso de aquella época. Según los Fariseos, era imperdonable que alguien que se hacía llamar el Hijo de Dios pudiera pasar tiempo con aquellas personas.

Ellos aprendieron que Dios odia el pecado, y sin embargo, se les olvidó la segunda parte de aquella frase. Dios odia el pecado, pero ama al pecador. Eso es lo que transmitía Jesús. ¡Él amaba a esas personas, así como a nosotros!

Jesús, para los fariseos, era un mal ejemplo. Para Dios, Jesús era el hijo amado que vevía a todos como personas, y se acercaba a quienes más lo necesitaban.

Ahora bien, aceptación y aprobación no son la misma cosa. Dios quiere que nos aceptemos con amor los unos a los otros. No que aprobemos todo lo que hagan.

Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los aceptó a ustedes para gloria de Dios. (Romanos 15:7)

Jesús desaprobó las conductas de algunas personas de su alrededor; pero jamás dejó de ser amoroso, amable y misericordioso con ellas. Como cristianos, debemos imitar en todo a Jesús y ésta es una buena oportunidad. Jesús nos ama tal y como somos. No hay nada que nosotros podamos hacer para que Él nos pueda amar más. En agradecimiento a eso debemos amar a los demás, aceptarlos con defectos y virtudes; y siempre animarlos a ser mejores.