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Honestidad

Recuerdo cuando era más pequeña, en la época del colegio cuando era típico decir algunas “mentiras piadosas” para salvanos la vida o simplemente hacer lo que queramos:

  • “Mamá, ya hice la tarea”
  • “Yo no fui, ¡fue Juancito quien puso el chinche en la silla del profesor!”
  • “¡A mí no me gusta ese chico! ¿Quién te ha dicho?”

Todo continúa en la universidad, aunque las mentiras son mayores:

  • “Profesor, usted no sabe. No pude hacer la tarea porque mi abuelito se enfermó.”
  • “Mamá, por si acaso me voy a quedar en la casa de Juanita, no te preocupes, nos quedaremos toda la noche estudiando.”

Y más tarde, todo sigue igual en nuestro trabajo:

  • “Sorry jefe, la verdad es que no llegué a tiempo porque hubo un accidente en la carretera que bloqueó la vía.”
  • “Jefe, me he levantado con un dolor de cabeza terrible. La verdad es que necesito descansar, pero no se preocupe, no voy a faltar. Solo necesito un par de horas para reponerme.” (Es decir, te quedaste dormido.)

Todo esto puede sonar muy simple e inofensivo, pero con el tiempo las mentiras se vuelven cada vez más parte de nuestra vida. Van creciendo y volviéndose más graves, pero a veces nos familiarizamos con ellas al punto que no nos damos cuenta de la seriedad de esto. Así, las mentiras nos envuelven día a día con sus tentáculos y nos crean la falsa esperanza de quedar bien parados ante los demás, cuando en realidad nos estamos separando de Dios y olvidamos que no podemos engañarlo a él ni a nosotros mismos.

Quizás no puedo prometer no volver a mentir, pero he prometido que antes de hablar para quedar bien, voy a respirar profundo y pensar: “¿Por qué tendría que mentir? ¿Acaso tienes miedo de las consecuencias?”.

Decir la verdad siempre trae consecuencias positivas. Sentirás que estás obrando en lo correcto y, aunque a veces pensemos que una mentira nos puede “salvar”, realmente nos hunde, porque llegará un momento en que todo saldrá a la luz y se hará más difícil encarar la verdad.

Dios no nos ha prometido que la vida será fácil, pero sí nos ha prometido que en valles de sombra de muerte y tinieblas ¡él nunca nos dejará! Estará guiándonos por la senda correcta. Pero también nosotros debemos aprender a caminar, porque el camino es rocoso y no se puede evitar, pero en todo momento, sabemos que podemos tomar su mano y permanecer seguros.